No importa que marca sea tu moto, el viento en la cara es para todos el mismo. Quien escribe estas líneas tiene la teoría de que la felicidad absoluta es como el amor eterno, que dura tres meses. Pero los moteros somos de otra pasta y renovamos facilmente la dosis de endorfinas que nos mantiene siempre felices.

Hay un dicho que reza: Si quieres ser feliz un día, bebe. Si quieres ser feliz un año, cásate. Pero si quieres ser feliz toda tu vida, viaja en moto. Sobre una moto, con la carretera por delante y un destino cierto o incierto, los moteros nos sentimos libres. Es difícil expresar o explicar con atino este efecto, porque de lo que hablamos realmente es de sensaciones y eso, si no lo vives, no lo puedes transmitir.

A través de las pequeñas cosas y en los valores que deberían acompañar a la humanidad: Solidaridad, amistad, tolerancia, respeto y sobre todo, la sensación de libertad. Se crean fuertes y duraderos lazos de amistad y un sentimiento que nos da la percepción de estar constantemente acompañados. Estamos seguros de que aún saliendo solos, cuando tengamos algún problema en carretera, siempre aparecerá un compañero para  ofrecernos su ayuda.

Disfrutamos de cualquier hueco en la agenda para desconectar y tomarnos un café a muchos kilómetros de casa, dejando pasar las horas por el puro placer de conducir, solos, acompañados, con pareja o en grupo. ¿A quien se le ocurre recorrer 300 kilómetros solo para tomar un café? A los moteros, que disfrutamos de todos los placeres del camino por delante del destino, sus colores, aromas y unas sensaciones que en coche ni se sospechan que están a tu alrededor. La concentración sin distracciones expulsa los problemas, las tensiones o cualquier otro pensamiento que pueda aturdirnos, esperando simplemente a la siguiente curva.

Para nosotros, la felicidad está sobre la moto y en la capacidad de compartir esas sensaciones, descubrir rincones desconocidos, pueblos con encanto, nuevos parajes e ir al encuentro de grandes compañeros en las concentraciones, donde nos saludamos con entusiasmo en esos momentos de amistad y camaradería.

Amar la moto, su vida, su mundo, es algo que desde fuera cuesta trabajo de comprender, pero del que muchos no podríamos prescindir. Sin la moto, no hubiese conocido a tanta gente excepcional que hoy forma parte de mi vida. Sin su círculo, me costaría entender como funciona el mundo.

 

Maestro Sampe | Francisco Manuel Samedro